El poder del perdón

Alguna vez lo has vivido ¿no es cierto? Estas en medio de tu día, metido en tus asuntos cuando de repente algo ocurre, quizás sea algún objeto, algún detalle, quizás una voz, un aroma que te resulta demasiado familiar, el punto es que sin pensarlo demasiado recuerdas a una persona, más no cualquier persona, recuerdas a ese alguien que te lastimó.

Quizás han pasado algunas horas de que eso ocurrió, quizás sean días, quizás años, pero hay que sin importar el tiempo que haya pasado es verdad, el dolor de la herida es tal como si justo en este preciso momento estuviera ocurriendo todo otra vez.

Y ambos sabemos quién es esa persona, es justo esa persona en la que pensaste al terminar de leer el primer párrafo de este texto. Y, tu y yo lo sabemos, no es un recuerdo agradable, y nuestros deseos para con esa persona tampoco lo son.

Y es que, seamos honestos, todos hemos escuchado esos versículos de la Biblia que nos hablan del perdón. Si alguna vez has leído al menos los evangelios te habrás encontrado una y otra vez palabras como estas:

“Aun si la persona te agravia siete veces al día y cada vez regresa y te pide perdón, debes perdonarla».”

Lucas 17:4

Difícil, ¿no crees?

“»Por lo tanto, si presentas una ofrenda en el altar del templo y de pronto recuerdas que alguien tiene algo contra ti, deja la ofrenda allí en el altar. Anda y reconcíliate con esa persona. Luego ven y presenta tu ofrenda a Dios.”

Mateo 5:23-24

Pareciera que Dios nos está pidiendo demasiado ¿no te parece? Incluso podrías llegar a pensar cosas como: “Pero Señor, tú sabes que lo que me hizo fue muy grave, no sé si algún día pueda perdonarle” o quizás algo más del estilo de: “Dios, no quiero perdonarle.”

La dura verdad es que perdonar no es fácil, nos encontraremos con que, si el daño recibido fue grande, o bien, se ha dejado añejar por largo tiempo, podremos acudir delante de Dios y de todo corazón soltar a la persona solo para encontrarnos al poco tiempo con que el dolor sigue estando muy presente.

Quizás no es una herida del pasado, y estás enfrentando una situación en este tiempo la cual está rompiendo tu corazón y tu vida. Quizás estas pasando por una separación en tu matrimonio, quizá es el desprecio de un familiar muy cercano, o quizá peleaste con un amigo muy amado por ti y ahora pareciera que la amistad está irremediablemente dañada.

La cosa con el perdón es esta: Si bien pareciera que es algo que le das a alguien más, en realidad es un regalo que te das a ti mismo.

Y aún más importante, el ejercer el perdón no tiene como requisito que la otra persona reconozca siquiera que nos ha hecho daño, muchos menos que este arrepentid de ello, como dijo Andrés Corson:

El cambio en la vida de la persona que perdonamos, no es la condición que le ponemos a esa persona para perdonarla, sino que es el resultado que produce en ella el saber que fue perdonada.

Pero aún si la persona no cambiara nunca o no reconociera nunca el daño que nos causó, al perdonarle somos libres de ella y podemos seguir adelante con nuestra vida.

Y es que tienes que entender una cosa: la falta de perdón te esclaviza, te estanca, y frena el avance de tu vida en maneras que no puedes ni siquiera imaginarte, daña tus demás relaciones, y peor aún, te mata por dentro, la amargura que produce en el corazón es tal que al paso del tiempo no te reconocerás a ti mismo al verte en el espejo.

Sé que no es sencillo, nos aferramos al dolor y a las heridas pues justifican el rencor que sentimos, la amargura que hemos permitido y el no tener que cambiar nada en nosotros pues fueron “ellos” quienes los lastimaron.

Y como decía algunas líneas atrás, pareciera que Dios nos está pidiendo demasiado, pero, ¿no es exactamente eso lo que Él hizo? ¿Acaso no vino Jesús a morir para que pudieras encontrar el perdón del Padre aún antes de que siquiera existieras?

“¿No te das cuenta de lo bondadoso, tolerante y paciente que es Dios contigo? ¿Acaso eso no significa nada para ti? ¿No ves que la bondad de Dios es para guiarte a que te arrepientas y abandones tu pecado?”

Romanos 2:4

Jesús permitió que lo golpearan hasta desgarrarle la piel y los músculos, desangrándose, cargó una cruz de aproximadamente 136 kilos, al llegar al lugar donde sería asesinado, clavaron sus brazos y piernas a la cruz, sufrió una muerte horrible, todo por amor, para que tú y yo pudiéramos encontrar el perdón de nuestros pecados y el camino de vuelta al Padre y a nuestro verdadero hogar.

Dios sabe de qué habla cuando habla de perdonar a otros, aun cuando ellos no estén arrepentidos.

Toma el riesgo de aplicar el perdón sobre tu vida y la de otros, toma de Dios la voluntad para soltar a esa persona que te hizo tanto daño y recuperar tu vida. Decídete a soltar y dejarle a Dios el resto.

Perdonamos a otros no porque queramos o se lo merezcan, perdonamos a los demás porque nosotros mismos hemos sido beneficiarios del perdón cuando menos merecedores éramos de el. Perdonamos por amor, pues ya alguien nos amó primero, tanto, como para dar su vida por nosotros.

Bienvenido de nuevo a tu vida.

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