Lo que aprendí de un día difícil.

Hay días en que las cosas simplemente no parecen querer ajustarse a nuestros planes. Malas decisiones, eventos inesperados y cosas fuera de nuestro control suceden cada día, algunas veces como hechos aislados, a veces como un combo breaker del mal que es capaz de arruinar nuestro día.

Hoy para mi fue uno de esos días, y no es que me hayan asado cosas particularmente malas o nefastas, dirás que soy una nena pero creo que fue el simple hecho de que se sucedieran una tras otra lo que consiguió romperme al punto de que llegada la tarde había llegado al punto de casi cuestionarme el por qué de mi existencia (soy un dramático, lo se).

Pero una vez pasada la tormenta, y habiendo asimilado que hay cosas que simplemente yo no puedo controlar, pensé en unos versículos que leí hace algunos días:

“Todos ellos arden como un horno, y devoran a sus jueces; todos sus reyes fracasan, pero ninguno de ellos me pide ayuda. Gente extraña ha acabado con su fuerza, ¡y él ni cuenta se ha dado! Hasta canas le han salido, ¡pero él no se da por enterado!” Oseas 7:7,9

Llegado este punto y al recordar lo que había ocurrido a lo largo de mi día terminé pensando en que, por más complicadas que parecían ponerse las cosas, en ningún momento se me ocurrió acudir a Dios en busca de ayuda, y ya no digamos ayuda, simplemente un poco de ánimo para levantar la cabeza y seguir adelante con las cosas que había que hacer en el día.

¿Te ha pasado? A veces he caído en cuenta de que me siento muy solo, pero es porque quiero, si algo he aprendido en este tiempo es que Jesús está ahí, siempre presente, siempre dispuesto a escucharte siempre a hablar contigo, a darte ánimos, a ayudarte a encontrar una salida.

Él nos llamó sus amigos, y no se me ocurre mejor persona a la cual tener como amigo que a él.

Quizás sea el tiempo de intentar establecer un nuevo tipo de relación con Dios, donde podamos mostrarnos delante de él tal y como somos, finalmente, él ya lo sabe,  así que al final al único que estamos haciendo tonto es a nosotros mismos.

Imagínate que nuestros hijos nos hablaran como nosotros le hablamos a Dios, yo creo que sería algo bastante gracioso de ver: Oh gran padre, tu que en tu misericordia provees de tortillas y huevos a esta casa, ¿serías tan amable en tu gracia y poder de hacerme un taco?

¿Suena raro, y hasta chistoso no?

No me refiero a que perdamos la reverencia, temor y honor que Dios se merece, pero a veces me parece que nos pasamos de solemnes y hasta de místicos, queriendo utilizar términos que suenan sumamente espirituales (según nosotros) pero que ni siquiera entendemos.

Qué diferente sería si en ves de querer parecer tan espirituales y no tan pecadores nos acercáramos a Dios con una actitud honesta y transparente y poder decirle cosas como: Señor ayúdame, realmente no se que hacer, no encuentro por donde, tengo este problema. Señor, quiero ser un hombre que provee para su casa, quiero cambiar, ser diferente, ayúdame por favor.

No podemos esperar ser cambiados por Dios si no nos acercamos a Dios, pero levantamos muros entre él y nosotros al querer aparentar ser algo que no somos delante de él.

Así que te animo a intentar este nuevo enfoque, a acercarte a Dios de una forma diferente. Atrévete a pedir ayuda, a reconocer que no siempre las puedes todas, que te equivocas, que necesitas ser salvado, aún de ti mismo.

Te mando un abrazo, nos vemos pronto.

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